Víctima de Huife: “Espero que algún día exista la justicia para todas”  

Vilma Salazar cuenta desde Estados Unidos lo sufrido en la escuela rural que lideraba el profesor Rodolfo Álamos. Adelantamos que el testimonio es bastante crudo.

Este es el testimonio de Vilma Salazar (38). Ella es una de las mujeres que se atrevió a denunciar los abusos sufridos por un grupo de niñas en el colegio de Huife Alto, Padre Sebastián Engler y accedió a contar su historia desde Estados Unidos, donde reside. Lo hizo por escrito, en un texto que envió a esta redacción especialmente para su publicación. Y el cual fue editado mínimamente. La idea es que el sentido de lo escrito no se pierda. Adelantamos que el testimonio es crudo y puede herir alguna susceptibilidad. Esta es la historia:

N.de la R.: Antes de leer esta historia te recomendamos que leas primero el reportaje original haciendo click acá.

“Mi nombre es Vilma Salazar. Nací en Pucón el 10 de junio de 1980 y en 1985 comencé mi enseñanza básica, en la escuela rural católica de Huife Bajo, a cargo del Profesor Rodolfo Adolfo Álamos Vergara y su esposa”.

“Rodolfo Álamos era profesor, director y responsable de la iglesia en ese colegio católico. Yo pasaba interna en un régimen de por 15 días, un fin de semana libre, para ir a casa con mis Padres”.

“En el Colegio, Rodolfo Álamos, practicaba la enseñanza de ‘la letra con sangre entra’. Consistía en castigar a los niños a diario, se portaran bien o mal, con varillas de mimbre, colihues, rebenques, reglazos en las manos, bofetadas, palizas con las nalgas al descubierto, duchas con agua fría. Le molía cáscaras de huevos crudos en los testículos a los niños más pequeños. Levantaba a las niñas pequeñas del cabello. Recuerdo ver cuando el profesor azotó la cabeza de una niña, contra un banco del colegio, tan solo por sacar un rojo en matemáticas. Ella era su sobrina. Nos golpeaba la cabeza a las niñas y niños contra la pizarra, por sacar notas bajas y nos gritaba burros o palabras soeces u ofensivas, eso es por mencionar algunos de los castigos que propiciaban. Digo que ‘propiciaban’, porque Rodolfo nos castigaba junto a su esposa Nancy. Yo podía ver a mis compañeros de clase o a nosotras mismas, con moretones en la cara o el cuerpo por semanas y en caso fuera demasiado el daño ocasionado. O sea, poder ver los ojos negros, por los golpes que Rodolfo nos propiciaba. Él encerraba a ese niño o niña, al menos, por una semana, para que el resto de los niños, no la vieran, hasta que se recuperara”.

“Rodolfo, nos prohibía rotundamente que le dijéramos a nuestros padres de las atrocidades que cometía con nosotros. Amenazándonos con que nos ‘MATARÍA A PALOS’ si nuestros Padres se enteraban o llegaban a ir al colegio a reclamar. Y si algún Padre osaba ir a reclamarle, porque el niño o niña llegó a su casa con moretones, él siempre tenía una mentira urdida, para justificarse. Y si ese mismo niño o niña le contaba a sus padres que en verdad el Profesor había sido quien le pegó y después, cuando ese mismo niño regresaba al colegio, Rodolfo le daba una paliza o zurra mucho más fuerte en frente de todos nosotros y a veces con palos para asustarnos y tuviéramos escarmiento y así no nos diera miedo a decirle a nuestros Papás, lo que él nos hacía”.

“Lo mismo si carabineros se acercaba al colegio a preguntar si es que estaba todo bien, nosotros éramos multados por el profesor. No podíamos decir nada porque íbamos a ser golpeados por él si abríamos la boca. Éramos un número de 20 o más de niños, atemorizados por un psicópata, pederasta”.

“Los días Domingos cuando hacía el culto religioso, pretendía ser el hombre más bueno y bondadoso del mundo para engañar a la gente. A mí, por ser una de las niñas más pequeñas, me ponía en su cuello y caminaba con todos los niños en grupo, hasta la iglesia y al término del culto, antes de salir de la iglesia, le tenía que dar un beso en la cara, de despedida, pero era porque él me decía que tenía que hacerlo y si no lo hacía, me iba a pegar”.

“A las niñas de 7 hasta los 12 años, ya no las golpeaba tan a menudo, pero, comenzaba a acosarlas sexualmente, a tocarle sus partes íntimas, introduciéndoles los dedos en la vagina y hasta violarlas”.

“Cada vez que su esposa Nancy Soto, viajaba a Pucón, Rodolfo, obligaba a las niñas, a las que él deseaba abusar sexualmente ir a su casa a limpiar o hacer aseo y entonces daba rienda suelta a sus malos instintos. Los lugares en que hacía los Abusos eran su casa, la oficina, que estaba en su casa y en la torre de la iglesia católica”.

“Yo tenía tan solo 5 años y recuerdo. Estaba en el baño de las niñas cuando Rodolfo entró abruptamente, empujando una niña. Me reservaré el nombre por respeto a ella. Yo me paré en la taza del baño para que no me vieran los pies y vi a esa niña llorando y lavando su ropa interior, ensangrentada en el agua de la ducha. Aparte, él la obligó a desnudarse y a bañarse. Rodolfo, nos obligaba a las niñas a desnudarse en frente de él y bañarnos desnudas. Otra de sus tareas era revisar nuestra ropa interior, nos obligaba a bajarnos los pantalones, para él poder mirarnos, no sé qué buscaba en la ropa interior de las niñas”.

“Él era el encargado de las niñas y su esposa se encargaba de los niños. Ese era un acuerdo mutuo que tenían entre ellos”.
“A mí, cuando me levantaba, para alzarme, lo hacía desde, entremedio de mis piernas y con el dedo del medio, comenzaba a meterlo en mi vagina, tal vez en su mente enferma pensaba que una niña de 6 años se iba a excitar y eso mismo se lo hacía a otras niñas. Yo lo vi. Además, le encantaba torturarme con dolor. Me hacía cosas tales como revolver su taza de café con agua hirviendo y con la cuchara caliente, me quemaba la cara. Para él, eso era muy divertido, me pasaba ají picante por la boca, por el sólo placer de verme sufrir. Me sacó los dientes de leche, a mis 5 años, antes de que estuvieran sueltos, a mí y a los otros niños que estaban en primero básico con un alicate a sangre fría y mientras yo lloraba del dolor, él se carcajeaba, después nos hacía enjuagarnos la boca con salmuera, para poder cortar el sangrado”.

“Me obligaba ir al frente del salón y le decía al resto de los niños, que iban a ver una novela y me obligaba a besar a los niños en la boca y abrazarlos. Tenía que pretender que tenía una relación amorosa con ese niño y repetir palabras que él me dictaba y si yo no lo quería hacer, me abofeteaba o me obligaba abofetear al niño que estaba enfrente mío, sin compasión”.
“Un día me tomó, tipo prisionera y mandó a todos los niños que llenaran sus pelelas o bacinicas, en donde ellos orinaban por las noches, con agua fría y que me mojaran, al punto que casi me ahogaban, porque eran casi 20 niños y niñas tirándome agua todos, al mismo tiempo y él se carcajeaba, mientras hacía esas cosas, eran juegos para él”.

“Nos llevaba a los niños a un puente que estaba cerca del Colegio y nos tiraba al río. Algunos niños se golpeaban en las piedras y si lloraban del dolor, el más encima les pegaba, para que no lloraran”.

“Cuando un niño o niña hacía algo mal, nos pegaba a todos por igual, o sea no había forma de escaparse de la violencia. Nos hacía hacer una fila india y con cada bofetada que nos daba, nos tiraba al suelo”.

“Los niños teníamos que limpiar su casa, la iglesia, la escuela, el internado y comedor, todo brillaba y estaba impecable”.
“Hay muchas atrocidades más que nos hizo, podría escribir páginas y más páginas de abusos y algunos no los recuerdo bien, porque ya estaba llegando al punto de disociación, como mecanismo de defensa”.

“Viví en ese calvario, desde mis 5 a 7 años de edad. Fueron tiempos, en que no deseaba estar en este mundo. Realmente, esa etapa en mi vida, me hizo sentir una ciudadana de segunda clase y todo lo que aprendí, es todo lo que una niña de esa edad, jamás debería aprender, me sentía desamparada, no escuchada, ignorada, no valorada, no amada, ya no tenía sentimientos, ya no lloraba cuando me golpeaban, solo hacía fuerzas, para no sentir el dolor de las palizas, a la vez, estaba convirtiéndome en una persona mala. Ya no me afectaba ver a otro niño o niña sufrir o yo misma, podía maltratar a alguien más y no sentía remordimiento alguno, me daba exactamente, lo mismo”.

“No quiero imaginar, cuántas víctimas pasaron por las manos de ese psicópata y pederasta. Se sabe solamente, de las que se atrevieron a contar, pero hay muchas más, que aún siguen calladas, pero eso ya es tema de ellas, solo espero que algún día exista la justicia para todas”.