El Pucón de los puconinos

* Por Rodrigo Vergara/ Fotografía Javier Sepúlveda

Hace un par de noches acepté la invitación de Javier y Rodrigo para ir a tomarle fotos al volcán. Si bien la fotografía no es un fuerte en mi formación y mi cámara estaba descompuesta, igual acepté. Algunas horas de buena conversa, café y naturaleza no eran un mal panorama. Bueno, el frío que calaba los huesos era una barrera de entrada, pero el autoconvencimiento llegó de la mano de una primera capa que, en otros tiempos, le llamaban calzoncillos largos y camiseta manga larga.

En fin, llegada la hora acordada partimos en busca, ellos, de buenas imágenes. Yo, de alguna buena historia para escuchar. Una especie de cazador de anécdotas para usar en los momentos en los cuales, a veces, disfruto ser el centro de atención. Cada vez menos, en todo caso.

Pero el resultado fue más que eso. A los pocos minutos de adentrarnos por la ruta hacia El Cerdúo nos encontramos con el final del camino. Y de ahí, a pie, llegamos a un claro cerca del Río Turbio, lugar escogido para esperar la mejor imagen de la noche. Frente a nosotros, imponente el volcán o el Ruka Pillán como le gusta a los puconinos nombrarlo. Para mí, simplemente, el legendario Villarrica. Atrás, la luna en un cuarto creciente que cada vez se hacía más creciente y luminosa. Para finalizar el cuadro, las estrellas más brillantes que mis ojos hayan podido apreciar alguna vez.

Pasados unos minutos y cuando el volcán estaba con su esplendorosa llamarada, caigo en cuenta que nunca en mi vida había estado en ese lugar. Yo, un nacido y criado en estas tierras, nunca había puesto un pie en esas rocas, ni atravesado ese bosque y mucho menos aprecié alguna vez el volcán con ese ángulo. Tampoco había escuchado el silencio de esa manera, ni esperé tanto saludar a un zorro o escuchar a un puma.

También caí en cuenta que no podía seguir perdiéndome las maravillas que, al menos yo creo, Dios puso y ordenó en este rincón del planeta. Demasiadas cosas urgentes, quizás, quitan tiempo a lo importante. ¿Por qué nunca lleve a mi esposa e hijos hasta allá? ¿Por qué nunca busqué nuevas rutas y me pasé veranos enteros vegetando de adolescente y trabajando de adulto? ¿Por qué dejé de ser un puconino pese a vivir en esta tierra? En fin, demasiados “por qué” para sólo unas cuantas horas en una noche fría de invierno. Lo bueno es que siempre hay amigos que le recuerda a uno el lugar donde nació.

 

* Puconinos