La pesca en Pucón no muere: el relato de la primera excursión de la temporada

La Voz…, estuvo en la salida que organizaron los boteros para dar inicio a la actividad este año. Los peces estuvieron pródigos, aunque todos fueron devueltos al Villarrica. La organización quiere volver a ser relevante en la industria turística local.

Por Rodrigo Vergara

 

Abundancia de peces pareciera haber en el lago.

La cita era a las siete de mañana de este sábado. Aún con la oscuridad reinando en la playa grande de Pucón. El frío no era tan profundo, aunque la ropa térmica y algo de café no estaban demás por si, en una de esas, el cuerpo desconocía la rareza de estar demasiado tiempo navegando en un bote pequeño. Ahí estaba al presidente del sindicato de boteros de Pucón, Juan Gatica, su hermano José y uno de los pescadores de más renombre de la zona, Mario Alarcón. La idea era inaugurar la temporada de pesca del salmón chinook, que partió oficialmente el sábado 15 de septiembre a la medianoche. Sólo siete horas antes del punto de inicio de esta crónica.

El Lago Villarrica esperaba por la aventura. Así como esperó desde principios del siglo pasado a los muchos que han pasado por sus aguas en busca de alguna pieza digna de una foto o de fanfarronear con los amigos. Salmones y truchas principalmente. Quizás el único nexo que queda con el Pucón antiguo. Y sigue vivo. Los nombres de las 25 familias que partieron por la década del 30 se mantienen: los Rubilar, Gatica, Carrasco, Painepan, Riffo y varios otros siguen subiéndose a los botes, contando anécdotas y mojando los anzuelos. Siguen sacando de un lago, algo maltratado, el recurso que puso en el mapa a Pucón turísticamente hablando. Siguen, pese a algo de olvido e indiferencia de los grandes negocios, las multinacionales hoteleras y las agencias que pareciera, a veces, venden un artículo de supermercado más que una experiencia inolvidable como lo es meterse a un bote, tirar un señuelo y esperar hasta que el pez se quiera convertir en un pescado. Y luego, el respeto máximo con la presa, soltarlo para que vuelva a su hábitat y, quizás, caer en las redes de otro pescador.

Y Juan Gatica lo sabe. Entiende que lo de ellos es una experiencia única. Casi inalterable. Está tranquilo, pese a que por todos lados ha salido que el lago está contaminado. Dice que no le preocupa en demasía. Y es verdad. El lago, en rigor, no está pudriéndose, sino que está saturado de nutrientes que aportan los diferentes procesos productivos que lo hacen un lugar potencialmente peligroso para la fauna y los humanos. Pero hay, también, esperanza en que el proceso que terminará en un plan de descontaminación de acá a dos años elimine, por ejemplo, todas las embarcaciones a motor. “Son un problema”, dice. Porque aparte de contaminar con gasolina y aceite, espantan a los peces que ellos y sus clientes quieren capturar. “Que se terminen”, acota.

La Voz… junto al presidente del sindicato de boteros, Juan Gatica.

También toma con la simpleza de quien ha sido curtido con los años, el que Curarrehue no tenga planta de tratamiento de aguas servidas y que la fecas lleguen directamente al Trancura, uno de los ríos afluentes del Villarrica y donde, también, ellos desarrollan su actividad. “Acá en los 80 Pucón era igual. Todas las alcantarillas llegaban al lago, pero se solucionó”, recuerda. Sus palabras denotan tranquilidad, como si supiera algo del futuro que nadie más sabe. Escucharlo es esperanzador. Da tranquilidad entre tanta apocalipsis ambiental que golpea —a veces necesariamente para reaccionar— al pueblo.

Y así, mientras se desarrolla la conversación, los peces van picando los señuelo. Cae uno. Un click de una foto, las sonrisas de la primera vez (exactamente 7:58 am), y de vuelta al gua. No era chinook, era una arcoiris. Se fue rápido por debajo del bote de nombre Caprican. Luego otra pieza algo más grande. Después otra. Algunos chinook, otros farios. Y nuevamente un arcoiris. El lago parece un jardín dispuesto a dar sus frutos a quien lo pida. En su bote, el Gavilán, Mario Alarcón, junto a José Gatica, moja sus moscas. Mario lanza sus señuelos, preparados por él mismo, con la plasticidad de un pintor. A veces, sólo verlo desarrollar su arte reconforta. El movimiento ondulatorio de la línea. Es como un baile de la mosca con el agua. Un arte del engaño. La mosca, de pelos sintéticos y un anzuelo oculto, simula un alevín de colores. Un espectáculo. También logra su objetivo. También devuelve. Como un caballero.

Juan Gatica cuenta de su padre, Gregorio. Dice que era parte de los fundadores del gremio. Recuerda que estuvo en la histórica excursión de la reina Isabel de Inglaterra y el príncipe Felipe de Edimburgo. “Le llevaron una trucha y ni siquiera se la entregaron ahumada como corresponde”, rememora con algo de sorna. Eso, aunque no se atreve a confirmar el mito puconino de que tuvieron que engancharle el pescado a Felipe para que no se fuera en blanco de su paseo.

Pero la historia pretenden materializarla para que no esté sólo en los recuerdos o desperdigada en varias fotos y publicaciones de internet. La idea es levantar un museo de la pesca y parador turístico en el sector donde ellos se ubican actualmente (en la playa grande, en el pequeño bosque que está a un costado del pasaje Ramón Quezada, a metros del lago). El proyecto está bastante avanzado y ya superó la etapa de diseño, el que fue realizado por el arquitecto Claudio Painepán, nieto de uno de los iniciadores del gremio. La idea contó con la aprobación en pleno del concejo municipal. “Estamos muy agradecidos del apoyo del alcalde Carlos Barra y del concejal Cristian Hernández. Ellos se portaron muy bien, aunque, en realidad, todos los concejales nos apoyaron en su momento”, dice Juan. E insiste en que no se debe olvidar agradecer a las autoridades que, según él, estuvieron con ellos desde un principio en esta idea. Nobleza obliga.

Mario Alarcón junto a José Gatica en una captura.

El tiempo de la excursión pasa rápido. Los botes recorren el sector de La Barra y el Río Plata. La escena es impactante. Los cerros están cayéndose al lago y de fondo, lo mejor, el majestuoso volcán Villarrica vigila como siempre. Imponente. Impetuoso. Y mejor aún, en un punto determinado del lago logran verse el Lanín y el Mocho. Sobrecogedor. Sólo rompe el momento la línea que tira con el anuncio de que una nueva pieza, literalmente, mordió el anzuelo. Un nuevo click de foto y al agua.

En esta oportunidad sólo hubo devolución. Ningún chinook fue a dar a un sartén. Aunque las ganas de los participantes era evidente. Es mejor esperar a una nueva aventura. Los salmones volverán a estar ahí. Y aunque no había obligación de devolver todo (se podía quedar una pieza) como lo es ahora en el Liucura y en el Trancura desde el Salto del Marimán hacia arriba, todo se fue al lago. Los peces se entregaron, pero seguirán viviendo. Los pescadores de Pucón esperan que vuelvan a estar ahí para ellos. Sin depredación (como lo fue y sigue siendo de parte de los furtivos), con fiscalización profunda y con la esperanza de volver a ser la actividad turística más relevante de Pucón. Como lo fueron los viejos.