Obituario: Hasta siempre Pancho Sandoval

* Por Rodrigo Navarro

Constantemente el rudimento cotidiano se encarga de mostrarnos diferentes desafíos y realidades que nos sorprenden. Y en medio de esa  vertiginosa carrera conocemos a distintas personas con las que generamos vínculos afectivos y de este modo pasan a ser parte del paisaje de nuestras vidas a través del saludo, de una sonrisa, de la amistad o del intercambio de opiniones. Pero nunca (o pocas veces al menos) se nos pasa por la mente la idea de que ese ser humano puede partir físicamente de este mundo y entonces en el momento menos pensado, súbitamente el destino te sorprende cuando te cuentan o lees a través de una red social que lamentablemente esa persona dejó este mundo. Es ahí cuando nos invade la tristeza y el desconcierto.

Basado en eso, si tuviéramos que hablar de personas que con su presencia han marcado los tiempos de la sociedad puconina y que de alguna u otra forma han contribuido al desarrollo de este pueblo, probablemente usted me dirá que son muchos, pero la verdad es que hoy me voy a referir a uno que acaba de partir: Francisco Sandoval Soto.

Hombre muy afable, de correcto hablar, siempre irradiando una expresión positiva en su rostro y abierto a escuchar y entregar un buen consejo a los amigos. Don pancho perteneció a la generación de antaño, esa que predicaba que la palabra empeñada era ley (cuánto nos falta eso ahora).

En su juventud trabajó en el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) y posteriormente se dedicó al transporte. Conducía un taxi de su propiedad en la primera línea de colectivos que existió en Pucón. Esa que se ubicaba en la intersección de las calles O’Higgins con Palguín, donde un grupo de visionarios, entre ellos Chocho  (José Sáez, otro antiguo puconino que falleció hace unos años y amigo de don Pancho ), emprendieron una aventura que prosperó durante un buen tiempo con más de 40 autos entre Peugeot 404, los Chevette y Toyota Corolla. Era la primera mitad de la década de los 80 y estos vehículos prestaban servicios llevando y trayendo pasajeros desde y hasta Villarrica, por la suma de $250.

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Su vocación social lo llevó a pertenecer durante un buen tiempo a la filas del voluntariado de la Tercera Compañía de Bomberos de Pucón, donde dejó un buen recuerdo por su buen humor y empatía.

En la actualidad, debido al gran conocimiento que manejaba de las rutas de la  zona, el positivismo y la alegría propia que mantenía para socializar con cualquier persona, lo hizo comprar un furgón con el cual realizaba viajes turísticos.

Los más amigos le decían “Pancho Gallina”, pseudónimo que adquirió (y que no le gustaba mucho) en su juventud —según dicen los que saben— cuando junto a unos amigos compartía un momento de relajo en un bar de esos de antaño, donde además había muchos parroquianos pasándolo bien. Y fue en ese momento que llegó un tipo de malas costumbres y matón que quiso pegarle. Le  ofreció puñetes, a lo cual Francisco Sandoval se negó, lo que provocó la ira del peleador que lo ofendía, gritando desde una esquina a otra que era un “gallina” por no acceder a pelear con él. Pero como todo tiene su límite, don Pancho se paró y aceptó el desafío. Dejó a todos los presentes con la boca abierta pues le dio la lección de su vida al camorrero. Tras ese carácter afable se escondía un hombre bueno pa’ los combos  y luego de eso le dijo al golpeado hombre: “Así que `gallina´ ah, no sabías con la chichita que te ibas a curar”.

Hoy despedimos a una persona de carácter noble que a sus 71 años dejó una linda familia conformada por la profesora Aura Vergara (cariñosamente llamada por sus alumnos como la tía Coly), con la cual estuvo casado por alrededor de 40 años. Dos hijos: Claudio y Mónica. Y cuatro nietos con los que compartió plenamente  y además deja múltiples anécdotas que aquellos que lo conocimos recordamos hoy en día.

Hasta siempre don Pancho Sandoval.