Obituario
Alexander Baxter: el silencio que hizo reír a Pucón
*Por Alejandro Anabalón
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Hoy las calles de Pucón suenan distinto. No porque falte el bullicio de los turistas ni el pregón de los artesanos, sino porque se ha apagado un silencio. El silencio de Alexander Baxter. Se despide para siempre de su escenario: las mismas calles que hoy pisamos, las mismas veredas donde el volcán vigila y el lago respira. Allí estuvo él durante años, siendo uno de los primeros mimos —y por qué no decirlo, el primero— en plantar su cuerpo frente al viento del sur y convertir el aire en pared, el suelo en abismo, el gesto en carcajada.
Alexander no necesitó pito ni bocina. No interrumpía el mundo, lo suspendía. Como los grandes, entendió que el silencio no es ausencia, sino lenguaje. Heredero invisible de Marcel Marceau —a quien alguna vez llamaron el poeta del gesto— y de esa tradición infinita que atraviesa siglos, Baster se paraba en la calle con el rostro pintado y abría un universo entero sin pronunciar una sola palabra.
Antes que él, otros hicieron del cuerpo una gramática: Étienne Decroux, que pensó el mimo como arquitectura; Jean-Louis Barrault, que llevó el gesto al teatro profundo; Marcel Marceau, con su bip eterno enfrentando el viento invisible; Lindsay Kemp, Ladislav Fialka, los mimos del Central Park, los de Montmartre, los que sobreviven en plazas de Buenos Aires, en el Zócalo de México, en las Ramblas de Barcelona.
Y en Chile, también, los que aprendieron a dialogar con el polvo y la micro: los mimos del Paseo Ahumada en los años ochenta, los artistas de Valparaíso que hacían del puerto una escena, los anónimos del Parque Forestal, de Plaza de Armas, de ferias y balnearios, los que enseñaron que la pantomima muda no es un truco turístico sino una forma de resistencia poética.
Alexander Baster pertenecía a esa estirpe. A la de los que se ganan el pan deteniendo el tiempo. A la de los que soportan frío, burla, indiferencia y aún así sostienen el gesto hasta que un niño ríe. Porque cuando un niño ríe ante un muro invisible, el mundo vuelve a empezar. Fue parte de una generación que hizo de Pucón no solo un destino turístico, sino un escenario vivo. Antes de los grandes espectáculos, antes de la saturación comercial, hubo artistas que ocuparon la calle con dignidad y asombro. Él fue uno de ellos.
Hoy su despedida no tiene aplauso final ni telón. Pero queda algo más poderoso: la memoria. Queda el recuerdo de su cuerpo inclinado contra el viento imaginario, de sus manos sosteniendo una cuerda que no existía, de su rostro blanco devolviéndonos la humanidad sin palabras.
Los mimos no mueren del todo. Se quedan suspendidos en el aire que fingieron tocar. Se quedan en cada niño que intenta empujar una pared invisible. Se quedan en la risa que brota del silencio. Alexander Baxter deja el escenario, pero las calles de Pucón —esas mismas que hoy pisamos— no volverán a ser exactamente las mismas.

*Autodidacta, poeta y librero chileno avecindado en Pucón.
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