Editorial
El verano ya se fue: evaluar con números no con discursos de campaña
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Cada mes de marzo trae consigo el mismo ritual: las terrazas se vacían, los últimos turistas cargan sus maletas y Pucón vuelve a ser nuestro. Con ellos se va el ruido, pero también el dinero o gran parte de él. Y es precisamente en ese silencio donde debemos hacernos la pregunta que nadie responde con certeza irrefutable: ¿fue este un buen verano, o simplemente fue un verano?
La temporada alta es, para esta ciudad, mucho más que una estadística de afluencia. Es el motor que financia meses de quietud, el periodo que valida o destruye decisiones tomadas durante el año. Por eso sorprende —y preocupa— la velocidad con que las autoridades locales y regionales declaran el éxito de la temporada antes de que los datos estén sobre la mesa. Los aplausos llegan rápido. Los números, siempre más tarde o a veces nunca llegan.
Existe una brecha que en el mundo de las políticas públicas se conoce bien, pero que pocas veces se reconoce en voz alta: la distancia entre lo que funciona en el escritorio y lo que funciona en la calle. Los planes de turismo, los programas de seguridad vial, los operativos de fiscalización, los estacionamientos nuevos, los scooters, los sistemas de gestión de residuos en temporada alta —todos pasan por una fase de diseño impecable, con cifras prolijas en Excel, indicadores de gestión y presentaciones en Power Point o los famosos KPI (Key Performance Indicator o indicadores claves de resultados) que convencen a cualquiera. El problema es que la realidad tiene barro, sol, gente impaciente, turistas sin internet, sistemas tecnológicos que fallan, y muchos otros elementos que considerar.
Este verano lo vimos de nuevo. Medidas bien intencionadas que sobre el papel cerraban con coherencia, pero que en la práctica encontraron cuellos de botella, personal insuficiente o simplemente una implementación mala, mal comunicada e impuesta sin considerar las muchas variables de por medio. No se trata de buscar culpables —aunque a veces los hay— sino de instalar una cultura de evaluación honesta que sea la norma y no la excepción. Pucón merece eso.
Pedimos, desde esta sala de redacción, que la evaluación de la temporada se haga con datos reales: cifras de ocupación hotelera contrastadas con años anteriores, número efectivo de fiscalizaciones realizadas versus comprometidas, tiempos de respuesta de emergencias, estacionamientos usados, cifras de reclamos, partes cursados, encuestas de satisfacción con metodología verificable. No alcanza con el relato ni con el aplauso del sector que siempre está conforme o disconforme dependiendo del ánimo o del rubro al que se le pregunte. La objetividad no es hostilidad; es un mínimo necesario para entender verdaderamente nuestra realidad.
El verano de Pucón es demasiado importante, más de lo que quisiéramos por cierto, como para evaluarlo con optimismo de campaña o pesimismo injusto. Si queremos crecer en serio, debemos medir también en serio. Que el silencio de marzo no lo usemos para olvidar, sino para revisar. Con los ojos abiertos y los números sobre la mesa así evitamos las dobles interpretaciones porque podemos tener distintas percepciones y opiniones pero no distintos números.
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