Opinión
Aulas y colegios en llamas: el arte como salida
*Por Enrique Astudillo Gaete
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Una vez más, el país se ve impactado por hechos repudiables, tristes y preocupantes ocurridos en un establecimiento educacional, esta vez en Calama. Las imágenes difundidas por televisión —sirenas, despliegue policial y caos— parecen repetir un guión ya conocido. Solo cambian el nombre de la comuna, del colegio y de los involucrados. A esto se suman las ya habituales declaraciones de autoridades, que lamentan lo ocurrido y anuncian nuevas revisiones de protocolos que, en la práctica, poco cambian.
No se trata de un hecho aislado. Estamos frente a una crisis profunda que el sistema escolar, por sí solo, no puede resolver ni contener, porque el problema está arraigado en su base. No basta con lamentar; es urgente preguntarnos por qué esta situación se repite una y otra vez.
El reciente episodio debiera impulsarnos a abandonar discursos repetitivos y asumir una reflexión más honesta. Existen múltiples factores: falta de recursos, un enfoque excesivo en las calificaciones y un abandono preocupante del desarrollo emocional. La educación no puede reducirse a la transmisión de contenidos; es un proceso integral que forma personas para convivir en sociedad. Lo que ocurre en las aulas es, en muchos casos, el reflejo de una sociedad que ha normalizado la violencia, la falta de respeto y la reproducción de conductas agresivas.
Esa pérdida de respeto se observa a diario: en redes sociales, en espacios políticos, en instancias institucionales y, lamentablemente, también en muchos hogares. Los estudiantes no hacen más que replicar lo que ven.
Desde la experiencia, da la impresión de que no existe un interés real por transformar el sistema educativo. Los protocolos de convivencia escolar —mal llamados así— carecen de eficacia práctica. Son documentos que sancionan, pero no previenen. Los establecimientos, atrapados en la burocracia, no cuentan con herramientas suficientes para enfrentar situaciones complejas en tiempo real.
Es importante entender que la violencia escolar no es un problema exclusivamente educativo, sino social. Es consecuencia de una sociedad que ha perdido la capacidad de dialogar. Nuestros estudiantes crecen expuestos a la agresividad en múltiples espacios, sin recibir el acompañamiento necesario para su bienestar emocional. El costo de esta omisión lo están pagando ellos.
Frente a este escenario, se hace necesario un llamado a la acción. En tiempos donde el diálogo escasea y muchos niños se sienten solos, no basta con pedirles que se expresen: también debemos enseñarles a escuchar. Ese es, quizás, uno de los mayores déficits actuales.
Vivimos en una constante sobreexposición a estímulos audiovisuales que, si bien informan, también limitan la expresión emocional. Se observa menos juego, menos interacción real, menos risa. La competencia se traslada a lo digital, a la máquina, desplazando la experiencia humana. Paradójicamente, nunca hemos estado tan conectados y, al mismo tiempo, tan desconectados.
Por ello, es fundamental encontrar un equilibrio entre la legítima indignación y una propuesta constructiva. En ese contexto, el arte —y particularmente el teatro— emerge como una herramienta poderosa. Esta disciplina permite conjugar dos elementos esenciales: la expresión y la escucha.
El teatro favorece el desarrollo de habilidades clave como la empatía, la autoestima, la confianza, la resolución de conflictos, el pensamiento crítico, la creatividad y la concentración. Además, fortalece la memoria, promueve la inclusión y fomenta el trabajo en equipo y el liderazgo.
En las aulas actuales conviven estudiantes con diversas necesidades educativas, algunas de ellas complejas. Es fundamental generar espacios donde todos puedan participar, sentirse valorados y ser parte activa de una experiencia común.
Educar nunca ha sido una tarea fácil ni especialmente gratificante en lo inmediato. Nuestra labor es sembrar inquietudes que otros —los propios estudiantes y la comunidad— recogerán en el futuro. Por eso, es imprescindible insistir ante las autoridades en la relevancia de las artes en la formación integral.
El municipio tiene la oportunidad de ser pionero en la implementación de iniciativas que integren a la comunidad en torno a estas herramientas. Solo así podremos prevenir, en lugar de reaccionar, ante situaciones que luego lamentamos.
Aún estamos a tiempo. No todo está dicho ni todo está hecho. Lo que no podemos permitir es seguir postergando acciones que ya han sido propuestas. Esperar a que ocurran nuevas tragedias no puede seguir siendo el motor del cambio.

*Enrique Astudillo Gaete contador auditor y gestor y elaborador de programas de participación y desarrollo comunitario.
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