Opinión
Inseguridad y violencias en los colegios: más que chimuchina
*Por Francisco Vega Duarte
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Somos una nación que ha debido convivir con la inseguridad y la violencia a lo largo de su historia, particularmente en La Araucanía. Algunas de estas expresiones han dado origen a reglas y normas que buscan sancionar desde el Estado, inhibir conductas y apelar a la necesidad de convivencia y beneficios compartidos. Miradas hay muchas: en un extremo, el enfoque del populismo penal; en el otro, el garantismo.
Es lamentable ver cómo los colegios se transforman en escenarios de atentados y crímenes contra estudiantes, así como contra el resto de la comunidad educativa, no solo en nuestro país, sino también en otros lugares, como los hechos recientemente ocurridos en Turquía. Los colegios son como volcanes: por ellos emergen conflictos que no queremos o nos cuesta enfrentar. El principal denominador común en estas conductas son niños y jóvenes sin empatía hacia los demás, inmersos en redes sociales que muchas veces promueven y exhiben expresiones de odio, pero, sobre todo, sin criterio de responsabilidad ni conciencia de las consecuencias de sus actos. Esto se aprende en la casa, con padres que no respetan las leyes, que inculcan la cultura del “pillo” o del “vivo”, y que luego se refuerza en los medios de comunicación y en otros espacios de socialización. Ya lo advertía Sócrates respecto de la importancia de respetar las leyes.
Al respecto, es posible distinguir entre distintos tipos de violencia, así como diferentes niveles de gravedad. Existe violencia física, psicológica y lo que algunos han denominado violencia simbólica. Más relevante aún es considerar que no es lo mismo el atentado en sí —como balaceras, uso de bombas, overoles blancos en colegios santiaguinos o el porte de armas— que las amenazas de uso de la violencia. Incluso cabe diferenciar al “chistosito” o “leso” que sigue la moda de un desafío de TikTok o Instagram. Todos estos casos merecen sanción, pero también es necesario comprender las motivaciones que subyacen a estas conductas.
Sin embargo, lo clave es prevenir y sancionar los delitos menos graves para evitar llegar a los de mayor gravedad. Hoy se ha comenzado al revés. Pórticos, cámaras al interior de salas y patios, endurecimiento de penas y mayor presencia policial. Quizás sea mejor comenzar por sancionar, al interior del colegio, el no uso del uniforme, así como aplicar los protocolos de convivencia escolar, como una forma de inculcar valores y prácticas de convivencia ciudadana. En el plano judicial, corresponde investigar, esclarecer la verdad y sancionar a los responsables de los rayados en los colegios, ya sea por el delito de amenazas o por generar conmoción pública, para luego avanzar hacia un trabajo más integral sobre las condiciones y causas que llevan a la comisión de delitos.
Como sociedad, debemos entender que hoy la inseguridad y la violencia también pueden ser utilizadas como herramientas políticas, tanto para controlar como para sembrar temor. Esto se conoce como estrategia de la tensión y busca restringir libertades y derechos civiles. No pretende mejorar la realidad, sino hacerla parecer peor. Atención, entonces, con quienes rasgan vestiduras sin proponer soluciones.
La mejor respuesta frente a estos problemas públicos no es esconder la cabeza, exagerar la inseguridad, crear enemigos ni alimentar el conflicto. Necesitamos ciudadanos responsables de sus actos; adolescentes que asuman las consecuencias de lo que hacen; y niños y niñas que aprendan a convivir en sus comunidades educativas, cuidando a los demás y los espacios que comparten. No hay conflicto que esté perdido de antemano.

*Francisco Vega Duarte es Licenciado en Ciencia Política UC.; Magíster en Gobierno y Sociedad UAH y Ex Coordinador Regional de Seguridad Pública en La Araucanía.
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