Editorial
El silencio de los (no) inocentes
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El lunes recién pasado conocimos la detención de un adolescente de 16 años que apareció en las imágenes de la violenta pelea registrada a fines de julio en una plazoleta de Pucón. Un hecho ampliamente difundido en redes sociales y que involucró a varios menores de edad, muchos de ellos estudiantes.
Con el paso de las horas comenzaron a conocerse antecedentes que transformaron ese episodio en algo mucho más profundo. El joven vivía solo en una pieza arrendada en el centro de Pucón. En ese lugar, la policía encontró una pistola calibre .22, municiones, cocaína, marihuana y dinero en efectivo. Según los antecedentes expuestos por la Fiscalía, el arriendo era financiado por su padre y existían indicios de una eventual vinculación del adolescente con el tráfico de drogas.
Lo que quedó al descubierto tras el control de detención fue mucho más que un delito. Detrás de ese caso aparecieron el abandono, el desarraigo, la ausencia de redes de protección y una relación demasiado temprana con la violencia y las drogas. Y lo más inquietante es que cuesta creer que se trate de una historia aislada.
En mayo del año pasado conocimos la historia de David Merino, un joven deportista apasionado por el fútbol cuya vida terminó marcada por el consumo de drogas. Son casos distintos, pero ambos reflejan una realidad que parece avanzar silenciosamente entre nuestros niños y adolescentes. Una realidad de la que todos comentan en privado, pero de la que muy pocos hablan en público.
Por eso sorprende el escaso debate que existe en torno a este problema. Resulta difícil entender que un fenómeno de esta magnitud no ocupe un lugar prioritario en la agenda comunal. Las señales están ahí desde hace tiempo: la normalización de la violencia, la penetración del narcotráfico, el consumo cada vez más temprano de drogas, la influencia de modelos culturales que glorifican la vida delictual y la falta de oportunidades para muchos jóvenes. Ignorar esas señales no hará que desaparezcan.
No se trata de buscar culpables únicos. La responsabilidad de enfrentar este fenómeno recae en las familias, las escuelas, las instituciones públicas, las organizaciones sociales y también en las autoridades locales, llamadas a liderar una conversación incómoda, pero indispensable. El silencio, en estos casos, nunca es una política pública.
Pucón necesita discutir este problema con seriedad. Necesita diagnósticos, prevención, intervención temprana y una estrategia capaz de llegar antes que el narcotráfico. Porque cuando un adolescente termina viviendo solo, armado y rodeado de drogas, el fracaso ya no es únicamente suyo: también es el de una comunidad que no logró verlo a tiempo.
Lo verdaderamente preocupante no es que un joven de 16 años haya sido detenido con un arma y drogas. Lo verdaderamente preocupante es que esa historia ya no parezca excepcional. Cuando una sociedad comienza a acostumbrarse a estas señales, corre el riesgo de normalizar lo que nunca debería aceptar. Y entonces callar deja de ser indiferencia para convertirse en complicidad. Definitivamente, el silencio no nos hace inocentes.
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