Reportero lacustre desde La Bombonera: dos días en el centro del “planeta fútbol”

El periodista Ricardo Salazar, hijo de un funcionario municipal puconino, y fundador de una de las primeras páginas de Facebook informativas de la zona, Infocus Villarrica, logró acreditarse para cubrir la primera final de la Libertadores entre Boca Juniors y River Plate en Buenos Aires, ciudad donde estudia y trabaja. Esta es su crónica.

Por Ricardo Salazar Barría (@rsalazarbarria) desde Buenos Aires, Argentina.

 

Boca-River o River-Boca, son uno de los “grand slam” del periodista a la hora de cubrir un evento, pero más si este tiene un condimento especial, algo único en los más de 113 años de historia del club Boca Juniors, del barrio de La Boca en Buenos Aires y también en los 117 de vida de los de la banda sangre de Núñez. Ambos jugaban por primera vez una final de la Copa Libertadores de América entre ellos, pero además la última final con partidos de ida y vuelta.

Pero todo no quedó ahí el sábado. Ese era el día de la Tradición en Argentina, pero a la tradición futbolera le ganó otra, la tormenta, más de 120 milímetros de lluvia inundó la Bombonera y se suspendió el encuentro para el domingo, lo que desató una ola de rumores sobre cuándo se volvería a jugar. Los idas y vueltas sobre qué opinaban los clubes o qué decidía la CONMEBOL.

Al medio día del sábado la lluvia dio tregua, pero a eso de las 14 horas el agua conspiró contra el corazón de los millones de hinchas que esperaban. Y muchos de ellos, habían viajado exclusivamente para este partido.

Espacio Disponible

El estadio, con capacidad para 49 mil personas, ya había recibido a más de 12 mil personas. Dentro de esos estaba yo, con una ubicación tranquila y libre de la lluvia aunque a ratos las ráfagas de viento la traían de manera horizontal al palco de prensa. Los hinchas jugaban en las pozas, otros ni siquiera alcanzaron a llegar, es una tradición que en Buenos Aires las tormentas afecten mucho a las calles, el transporte y los eventos que se programan en una ciudad que a la diferencia de nuestros pueblos (Villarrica-Pucón) siempre realiza actividades al aire libre.

La invitada de piedra no impidió que al día siguiente se jugara. Ahora sí que sí. Incluso el sol iluminó en algunos instantes el prado de la cancha de Boca. Los ojos del mundo estaban puestos en el partido, más de 900 periodistas de todas partes del mundo. Incluido yo, que hace cuatro años resido en Buenos Aires.

El popular súper clásico, catalogado por la prensa local de “mega clásico”, hace unos años se juega sin público visitante. Uno de los detalles que me llamó más la atención es la desazón a cuando el equipo rival hace goles, nadie festeja más que los once en la cancha. Silencio profundo.

Parte del “folclore” son los cantos de la hinchada, que nuestro fútbol nacional ha heredado. La “12” como se denomina la hinchada de Boca, hace hincapié en la herida más profunda de River Plate: su descenso a la B. Incluso hay “fantasmas” que recorren en  la previa con la B pintada de rojo.

El trato al periodista muchas veces se mide por la calidad del catering que les ofrecen. Acá sobró, incluso hubo un almuerzo a la prensa extranjera con la leyenda: “yo estuve en la final 2018”, con la copa pintada de azul y amarillo.

Pero en lo netamente futbolístico, el show cumplió las expectativas. El empate 2 a 2 alarga el suspenso hasta el próximo 24 de noviembre en la cancha de River Plate. Los argentinos quedaron encantados con el arbitraje del chileno Roberto Tobar y su equipo. Incluso algunos lo piden para la final de vuelta.

Si el fútbol en Argentina es una religión, lo del domingo fue una misa central. Mientras otros jugaban, como Independiente vs Belgrano, a cinco minutos de la cancha de Boca, los ojos de todos posaban en este encuentro que tuvo la previa más larga de la historia.

Un detalle del estadio era la publicidad a la final que el próximo año será con partido único en Santiago y ahí enseguida me saltó la duda si estaremos preparados para que la próxima final sea un Boca-River o cualquier otro clásico continental.