El amor en los tiempos del Covid

*Testimonio exclusivo y en primera persona para La Voz… de Claudio González, sobreviviente puconino del coronavirus.

ANTES Y DESPUÉS.- La imagen de la izquierda muestra a Claudio cuando volvió del coma en Osorno. La otra, ya recuperado junto a su familia.

“Aunque ande en valle de sombra de muerte, No temeré mal alguno, porque Tú estarás conmigo, Tu vara y tu cayado me infundirán aliento. Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días”

Salmo 23: 4-6

Soy Claudio González Novoa, oriundo de Concepción pero con más de 16 años radicado en Pucón, casado con una puconina, padre de tres hijos; Israel de 22 años, Génesis de 16 y Ámbar de 6 añitos. Y soy  un sobreviviente del Covid-19.

Todo comenzó el domingo 7 de Marzo cuando empecé a tener dolor muscular y fiebre. El martes 9 acudí al hospital San Francisco a realizarme el PCR y el jueves 11 ya estaba confirmado como positivo al Covid. Me llamaron de la seremi de Salud y me dieron cuarentena para mí y para mi familia en casa hasta miércoles 17 de marzo. Perdí el olfato, el gusto, dolor muscular y fiebre por las noches. Esos eran mis síntomas.

Mi esposa y mis hijas no presentaron mayores complicaciones, solo un poco de dolor de cabeza por unas horas; en cambio yo no parecía mejorar, sin embargo el viernes 12 amanecí mejor y comencé a realizar tareas pendientes en casa como limpiar los cañones de la estufa, ordenar mis herramientas, partir leña, limpiar el calefón y otros. Debo decir que mi exceso de confianza me pasó la cuenta, pues esa noche volvió la fiebre. Recibí la visita del equipo médico del Cesfam (Centro de Salud Familiar) el día lunes 15 de Marzo. El doctor me revisó los pulmones y me diagnosticó neumonía. Me da antibióticos he inhalador, con la recomendación de que si no mejoraba en uno o dos días debía hospitalizarme de urgencia.

Al día siguiente vuelve el doctor del Cesfam a visitarme y no ve evolución. Cambia los antibióticos por unos más fuertes. Ya el miércoles 16 y como no saturaba mejor sino que empeoraba llame al doctor y él me ordena hospitalizarme. Me vienen a buscar en ambulancia para llevarme al hospital San Francisco. Al despedirme de mi esposa y mis hijas, tuve la sensación de que no volvería a verlas. En el hospital se me aplica oxígeno para mejorar mi capacidad respiratoria, más antibióticos y salbutamol. Pero nada mejora y al segundo día se me informa que seré trasladado al hospital de Padre las Casas para ser entubado. Ya en ese momento y con el temor de no sobrevivir, me volqué por completo a mi fe en Jesucristo y en oración acepté su buena (y perfecta) voluntad. Pedí que se le informara a mi familia. Una joven enfermera que no recuerdo su nombre me infundió ánimo y me tranquilizó. Me trasladaron de noche y ya no supe más de esta realidad.

Me entubaron y me pusieron en coma inducido. Estuve 7 días en el hospital de Padre las Casas, boca abajo, en coma; y los médicos que me trataban quisieron darme vuelta. Pero en ese proceso adquirí una infección intrahospitalaria. Un hongo en mis pulmones. Este hongo comenzó a infectar mis pulmones y a través del torrente sanguíneo se extendió a otros órganos, por lo cual cuando intentaron despertarme del coma comencé a convulsionar y tuvieron que volver a sedarme. Entonces el equipo médico decidió trasladarme a otro hospital. Me llevarían en un avión Hércules de La Armada a un hospital de Santiago. A mi esposa no la dejaban verme, ni tenía injerencia en ninguna decisión.

Lo del Hospital de Santiago se cayó, y decidieron que me llevarían a Concepción, pero también estaba lleno. Por providencia de Dios se abrió una posibilidad en la Clínica Alemana de Osorno donde fui trasladado el 25 de marzo en estado grave a la UCI. Ahí, uno de los doctores que me recibió al no encontrar la razón de mi infección y antes de tener los resultados de mis exámenes, por la gravedad de mi condición, decide aplicar un medicamento antibiótico más avanzado que busca e identifica el origen de la infección y comienza a combatirla. La decisión que toma este doctor logra los primeros resultados positivos. A los cuatro días los resultados de los exámenes detectan el hongo en mis pulmones y comienzan un tratamiento más específico para salvarme la vida. Mientras, el Covid seguía dañando mi cuerpo. 

Mi esposa Yolanda Venegas buscaba información de mi condición. En cada llamada le informaban malas noticias. Una noche le dijeron que se preparara para despedirse de mí, pues mis pulmones estaban llenos de sangre y no esperaban que sobreviviera la noche. Durante todo este tiempo, la fe de mi esposa, de mi familia y de mis hermanos de la Iglesia estaba siendo probada. Una noche mi esposa y mis hijas oraron de rodillas pidiendo a Dios que me salvara y me trajera de vuelta a casa, pero también aceptaron la voluntad de Dios y me entregaron en sus manos, las mejores manos. Fue mucho dolor para la familia, pero permanecieron en oración pidiendo a Dios un milagro. Todas las congregaciones evangélicas y católicas empezaron a orar por mi sanidad. Las iglesias de mi congregación hacían cadenas de oración en todo el país, y aún en otros países. En Argentina, Brasil, Venezuela, Colombia y Estados Unidos  los hermanos me incluyeron en sus oraciones, pedían a Dios un milagro y que Dios dirigiera las decisiones de los médicos para que me salvara. 

Durante este período, mi esposa Yolanda Venegas se trasladó a Osorno donde fue acogida por una familia de la Iglesia, y asistía todos los días a la clínica para saber de mi evolución. No la dejaban verme, pero ella seguía asistiendo a la clínica para saber de boca de los doctores de mí estado. Durante este periodo hermanos y amigos empezaron a hacer donaciones y ofrendas en dinero y víveres para que mi familia pudiera mantenerse. Gracias a Dios por su buen corazón. Todo nos ayudó. Que Dios bendiga a cada uno de ellos.

Yo, en el estado de coma, no sabía nada de lo que pasaba conmigo, pero no es como la mayoría cree, que uno solo duerme y no sabe nada más, pues a pesar de no tener conciencia de mi alrededor, el cerebro sigue funcionando. A los que creemos en Dios, sabemos que nuestra alma ya no tiene control del cuerpo. Entré en un estado espiritual donde había una lucha por mi alma; donde el diablo me acusaba con muchas mentiras, donde demonios querían dañarme, ahorcarme, torturarme. Donde yo no podía hablar ni moverme. Era acusado una y otra vez con falsos testimonios. Era terrible, horroroso y yo solo podía orar en mi corazón y clamar a Dios por mi salvación. Sabía y tenía la certeza de que Dios estaba conmigo, pero Él sólo observaba. No me hablaba, pero enviaba a personas a defenderme, aquellos que doblando rodillas oraban por mí.

Nunca estuve solo, Dios me guardó. En esta situación desesperante, en estas pesadillas escuché a un “doctor” que quería sacarme los órganos; en otra ocasión el mismo diablo me dijo que había puesto un hongo en mis pulmones para matarme, fue desesperante, pero mi confianza en Dios seguía intacta. Le pedí que me sanara, pero acepté su voluntad antes que la mía. Tal vez algunos piensen que todo fue efecto de las drogas o tranquilizantes, de la fiebre u otras cosas, pero yo sé lo que vi. Yo sé lo que viví en el coma, hasta el día que me despertaron, el 5 de Abril, luego de 20 días de coma.

Desperté amarrado a la camilla. Se me indicó que estaba hospitalizado en Osorno. Reaccioné bien y pude  entender todo lo que se me decía. Durante el coma solo fui alimentado por sonda y se me daba un suplemento. Estaba con traqueotomía, no podía comer ni beber agua, perdí 25 kilos. Perdí la masa muscular de mis brazos y piernas. Era piel y huesos, no podía hablar, me dolía todo el cuerpo, y estaba sólo la mayor parte del tiempo, con mucha tristeza y dolor. Al quinto día después de despertar permitieron a mi esposa pasar a verme. Cuando la vi, solo podía llorar. Me abrazó y me dijo que me amaba, que todos mis seres queridos me enviaban cariños y fuerza. Ella traía regalos para mí. Trajo mi biblia, me trajo música cristiana y fotografías  en papel que pegó en la pared, de mis amigos, hermanos de la Iglesia y familiares.

Comencé con la rehabilitación kinésica y con fonoaudiólogos. No tenía fuerzas, no podía ponerme de pie, no me daban agua por causa de la traqueotomía pues el agua podía pasar a mis pulmones. Yo no sabía lo que era la sed hasta ese momento. Mis labios partidos, mi cabeza con escaras, pero al ver las fotos de mis hijos, en especial la foto de mi hija Génesis compitiendo en su bicicleta, superando su discapacidad y los dolores, cobraba ánimo y me esforzaba en recobrar mi movilidad. 

El 14 de Abril me sacaron la traqueotomía, y comenzaron adarme alimento, papillas de frutas, y por fin, agua, al día siguiente me trasladaron a una sala solo. El 19 de Abril comencé a dar mis primeros pasos, a caminar solo, pocos pasos pero solo. Ese mismo día me dieron el alta y pude regresara a mi amado Pucón, a mi casa, muy deteriorado, pero lleno de fe y esperanza en mi rehabilitación.

Hoy se cumple un mes desde que estoy en casa con mi familia. Gracias al apoyo de los kinesiólogos del Cesfam que me visitan, ya estoy recuperando todo, incluso estoy caminando hasta tres kilómetros diarios cuando el clima me lo permite. Falta todavía para estar al 100 % pero lo voy a lograr.

El amor de mi esposa, de mis hijos, de mis hermanos en la fe, de mis amigos, la solidaridad de muchos en Pucón y otras ciudades —aún de personas que no conozco— el amor desinteresado que movió a la oración y suplicas por mi vida a Dios, cambió mi destino. Dios fue movido a misericordia e hizo el milagro a través de los médicos y todo el personal de salud que dio la pelea por mi vida. El amor al prójimo tocó el corazón de Dios, lo conmovió y en su gran misericordia me salvó. Solo el amor puede vencer al Covid. Muchas gracias y que Dios les bendiga.

Video de la recuperación

El video muestra a Claudio cuando recién comenzó su rehabilitación en Osorno.