Creador de observatorio vulcanológico POVI alerta sobre los peligros de subir sin control hasta el cráter del Villarrica

Wener Keller, quien observa el macizo desde mediados de los ‘90, es crítico en cómo se desarrolla la industria en esta área. Sostiene que si bien la idea no es cerrar los ascensos, sí deberían ser visados diariamente por un experto que asegure que las condiciones son las adecuadas para la experiencia de llegar a la cima.

“El Anfiteatro”, a un costo del sector de las Cuevas Volcánicas.

 

La cita era a las nueve de la mañana. Y el vulcanólogo Werner Keller (58) es puntual. El encuentro con el creador del Proyecto de Observación del Volcán Villarrica en Internet (POVI) es para que un equipo de La Voz…, sea parte del ciclo de excursiones de turismo científico con el que inició un emprendimiento inédito: enseñar del macizo andino desde la mirada del experto que ha observado el volcán desde mediados de los ‘90. Y que conoce más de un secreto de la montaña que ha hecho famoso a Pucón y la que ha generado más de una tragedia. ¿La última? La gran erupción de 1971 que dejó cerca de 200 muertos y varios miles de km2 sepultados bajo lahares y lava. Dramas que podrían repetirse, aún sin erupciones de por medio. Al menos así se entendería en el relato.

Y el hombre sabe. Cada frase lanzada en el recorrido que parte a un costado de las Cuevas Volcánicas, en un lugar conocido como “El Anfiteatro”, está cargada con conocimientos y datos de composiciones del magma, tectónica y una serie de antecedentes técnicos. “El Anfiteatro” es un lugar en el que en una profunda grieta se pueden leer diferentes ciclos volcánicos. Según Keller, se aprecia la historia de erupciones milenarias y también la de otros volcanes, como la gran erupción del Mocho Choshuenco de hace diez mil años. En rigor, una escena sobrecogedora, en medio de una naturaleza agreste, en la que la lluvia de diciembre no quita un ápice de majestuosidad. Todo, con el relato del vulcanólogo. Un experto que, él mismo confiesa, sueña con erupciones.

Pero el peligro del Villarrica es permanente. Y no sólo por las erupciones que se dan cada cierto tiempo. La actividad turística que incluyen ascensiones al cráter casi a diario, según él, esconden un peligro potencial que si no se regulan y controlan por expertos, podrían provocar una tragedia que impactaría a la industria turística que tiene en el volcán el principal soporte. Y las historias sobran, dice. Y éstas, generalmente, apuntan a explosiones de piroclastos (piedras incandescentes), lava que sale de la chimenea principal con gran potencia y que salpica los bordes; además de la emanación de gases tóxicos. Todo esto con, a veces, cientos de turistas que creen que exponerse a un peligro no controlado es parte de la experiencia.

Espacio Disponible

 

El escorial de Challupén.

“Si nosotros queremos que esta sea una actividad sustentable y responsable, tenemos que tener un vulcanólogo que es el que diariamente decide si es que hay ascensos o no”, explica Keller, quien agrega: “Tuvimos a fines de noviembre de 2017 expulsión de salpicaduras de lava de hasta tres metros de diámetro en el borde del cráter. Está documentado. No se vieron caer los materiales, pero estaban esparcidos con gente arriba”.

El punto, según expone el experto, no pasa por cerrar el volcán permanentemente, sino que debe haber un experto que pueda leer la información que producen los instrumentos, la tecnología y los relatos de los guías, para decidir  diariamente si es recomendado subir con pasajeros. Eso, aunque luego de la erupción de 2015, las estadías en el borde del cráter son cada vez más cortas (se supone que de cinco minutos); aunque desde los estamentos que regulan esta actividad recomiendan llegar sólo a 500 metros antes de la chimenea (recomendación que nadie acoge). También desde 2015 en adelante se comenzaron a ver mascarillas que filtran el aire, elemento prácticamente desconocido hasta antes de esa fecha.

“¿Cuál es el mecanismo que se eligió para que no tenga que haber un experto acá? Se ponen en los informes mensuales una frase que dice ‘se recomienda no acercarse al cráter a menos de 500 metros’ por lo tanto se deslinda responsabilidad”, explica. Y también sostiene enfático: “El volcán cambia de un día para otro. Hasta a mí mismo que llevo 22 años en esto me sorprende”.

De hecho, explica, existen una serie de vídeos subidos a las redes sociales donde se puede apreciar el flujo de piroclastos a gran velocidad. Todos ellos, proyectiles que el potencial de herir o hacer peligrar la vida de alguien: “Una vez hubo un desprendimiento de la pared interna del cráter y cayó dentro del pozo de lava. Y al caer generó una nube de polvo volcánico que se calentó con los gases, porque también salpicó lava. El polvo volcánico se elevó y luego se precipitó en un lugar donde habían más de 200 turistas comiéndose un sándwich de medio día. Esto fue antes de 2015”.

En el sector del Puente Correntoso, el que un lagar arrasó el año 1971.

Las historias son corroboradas por dos guías que acompañan al vulcanólogo. Una de ellas, cuenta a lo que se expusieron en febrero de 2015, a casi un mes de la erupción de marzo. “Se sentían olas de calor. Se veían explosiones y claro, se sentía el calor que llegaba y había que escapar. Uno no se podía quedar y respirar ahí. AHí nos dimos cuenta que algo pasaba En esa época no se utilizaban máscaras para el gas, ahora hay, pero no se cambian los filtros. No protegen mucho de los gases tóxicos del volcán”, recuerda la guía que acompaña al grupo liderado por Keller.

El punto, insiste Werner Keller, no pasa por cerrar y prohibir subir, sino que se debe regular y vigilar el macizo por un vulcanólogo que de la luz verde para que las expediciones llegue al cráter o queden en lugares cercanos y protegidos. “Para poder hacer eso, se necesitan buenas cámaras. Cámaras que sean capaces de captar objetos de 25 centímetros hacia arriba. POVI las tiene, pero nosotros no tenemos convenios con nadie y tampoco nos piden el material”, explica, y agrega que lo ideal, además, sería instalar un observatorio vulcanológico local enfocado en el Villarrica. Esto ayudaría a tomar decisiones rápidas en relación a las subidas y a las emergencias, lo que eventualmente, podría salvar vidas.

La idea, según cuenta, es que no se repitan las escenas de turistas asustados que se vieron en febrero de 2015 y que no sean expuestos a peligros innecesarios que, por cierto, podrían derrumbar una pujante industria que lleva cerca de 30 años haciendo de Pucón un lugar único para los aventureros.

 

Construcciones en peligro

Pero el tour de Keller no se queda sólo en las aprehensiones por las subidas al cráter. También muestra algo de la inconsciencia humana frente a los desastres naturales. Pareciera que nunca se aprende. Y la muestra de ellos es la permanente costumbre de volver a construir por lugares donde pasaron, no hace mucho, destructivos lahares. Y para ello no hace falta recorrer grandes distancias, o adentrarse a los faldeos del Villarrica. A pocos metros del puente correntoso, el que arrasado el ‘71, se encuentra parte de la estructura antigua del viaducto. Un enorme bloque de cemento sólido que fue sacado de cuajo por la corrida en esa fatídica noche de año nuevo. A metros de ese recuerdo inerte, una casa de veraneo que pareciera un pequeño lujo, pero que habitarla en medio de una erupción podría transformarse en una trampa mortal.

El homenaje a las víctimas de Coñaripe de 1964. En el mismo lugar de la catástrofe hay viviendas y emprendimientos.

Pero los alcances del tour llegan hasta Coñaripe. Se pasa por el hermoso y virgen escorial de Challupén, donde hay un alto obligado para explicar cómo fue el arrebato de la lava expulsada por el Villarrica y cómo el cambio climático ha derretido los glaciares, lo que a juicio de Keller y varios otros teóricos del tema, ha hecho que el Villarrica pase a tener un comportamiento algo indescifrable desde la erupción de 1984.

Pero en Coñaripe hay otro testigo de la inconsciencia humana. Una serie de construcciones y hasta una feria artesanal se ubican por donde pasó el último lahar que dejó 22 muertos en 1964. Pareciera ser que nunca se aprende. Por lo mismo, el trabajo de Keller y sus socios pareciera encender una luz y quitarle algo de espacio a la tontera y la estupidez. Por ahora, el experto planea proyectar su emprendimiento turístico al incipiente mercado del turismo científico europeo y norteamericano. Puede que sea el inicio de un futuro algo más promisorio. Hay que ver.

 

Para tener en cuenta

El Volcán Villarrica es el que tiene el nivel más alto de peligrosidad en Chile y uno de los más altos del mundo.

 

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