Opinión
La inteligencia emocional, la inteligencia artificial y la humanidad
*Por Javier Barra
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En estos días me he dado cuenta de que lo de la inteligencia artificial ha pasado de ser un simple tema a transformarse en uno de gran relevancia para nuestras vidas y relaciones personales.
La persona, el individuo de la especie humana, necesita relacionarse con otros de su misma especie. Es casi, o más bien, un requisito sine qua non para satisfacer necesidades no solo con el fin de beneficiarse a sí mismo, sino también con el propósito de apoyar, ayudar y mejorar la situación de los demás.
En este sentido, la inteligencia emocional es el punto de partida para gestionar y comprender de manera saludable las emociones tanto personales como las de quienes nos rodean. La empatía cobra importancia entonces, ya que nos ayuda a crear y construir relaciones interpersonales más sólidas, duraderas y honestas.
Muchos de estos conceptos han empezado a asomarse a nuestras puertas desde hace un tiempo, lo cual es bueno y sano para crecer tanto individual como socialmente. No obstante, la inteligencia artificial también ha querido incorporarse a nuestras vidas, y no podemos dejar de entender qué es y qué implica dejarla pasar.
Entiendo que la inteligencia artificial, en sus inicios, llegó con la era de la computación y se perfeccionó con la masificación del Internet hacia fines del siglo pasado (me pueden corregir si me equivoco en algunas fechas). Lo que ahora vemos es un paso más allá, o varios “buenos pasos más allá”. Que una máquina nos ayude no es tan ajeno a la vida humana desde la llamada Revolución Industrial, que transformó social, económica y tecnológicamente la historia de muchos.
Entonces, ¿cuál es el verdadero impacto o efecto de la inteligencia artificial? Aquí debemos volver a las primeras oraciones de este texto: ¿dónde queda el ser humano? Nadie más que el individuo de la especie humana puede comprender, generar, encauzar y aceptar emociones y, por efecto, los sentimientos que derivan de ellas a lo largo del tiempo.
Queda mucho camino por recorrer; lo importante es comenzar a reconocer la “humanidad humanizante” de toda persona. Si creemos que las máquinas u otro tipo de inteligencia pueden reemplazar a las personas en su emocionalidad, pienso que debemos ser cautos y reflexionar sobre qué le dejaremos a las futuras generaciones.
La inteligencia artificial (como ya han dicho muchos) debe estar al servicio de las personas, pero no podemos quedarnos en silencio si la persona se pone a completa disposición de sistemas y algoritmos que le despojan de lo más intrínseco que llevan en su alma: la voluntad y la inteligencia, cualidades esenciales de todo ser humano.

*Javier Barra G. es abogado de la Universidad de Concepción y magíster en Derecho de la PUC.
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