Opinión
Don Alarmisto Primero
- Cuento satírico. Toda semejanza con personas, municipalidades, asesores o comunicados redactados con taquicardia institucional es una coincidencia cuidadosamente inevitable.
* Por Richard “Villarrica” Lake
(Apoya el periodismo local e independiente haciéndote socio de La Voz de Pucón)
En la República Independiente de Pucón gobernaba don Alarmisto Primero, alcalde de voz pausada, ceño fruncido y teléfono cargado al 911 por ciento. Era un hombre que no conocía el descanso: si el lago estaba tranquilo, sospechaba del lago; si el volcán no hacía nada, sospechaba del volcán; si no había crisis, convocaba una mesa de trabajo para determinar dónde se había escondido. Su mayor talento era convertir cualquier inconveniente en una experiencia inmersiva de catástrofe.
Una mañana, por ejemplo, se soltó una rejilla frente a la panadería. Era una rejilla pequeña. Una cosa del porte de una bandeja de empanadas. Pero a las ocho y doce minutos, la municipalidad emitió el siguiente comunicado: “Se informa a la comunidad, visitantes nacionales, extranjeros y eventualmente interplanetarios que se ha detectado una situación de infraestructura en desarrollo. Se solicita evitar desplazamientos innecesarios, mantener la calma, asegurar mascotas y seguir canales oficiales”.
En menos de una hora, tres turistas cancelaron sus reservas, una familia de Rancagua cargó el auto y se fue sin desayunar y un señor de Vitacura preguntó si el seguro de viaje cubría ataques de rejilla. La rejilla fue reparada a las nueve y media. El comunicado, en cambio, siguió circulando hasta Navidad.
—Alcalde —le dijo una vez la encargada de turismo—, quizá podríamos informar las cosas sin que parezca que el pueblo fue invadido por langostas radiactivas.
Don Alarmisto se quedó pálido.
—¿Langostas? —preguntó—. ¿Quién confirmó las langostas?
Y ordenó preparar un punto de prensa, 3 reels y amenazó con demandar a cualquiera que las alimente.
Ahora, la verdad es que el municipio estaba lleno de asesores. Había asesores de comunicaciones, asesores de contingencias, asesores de asesores y un asesor cuya función exacta nadie conocía, salvo que llegó de Temuco (como casi todos), y no dejaba a Alarmisto ni a sol ni a sombra. ¿Qué hacía? Nadie estaba en condiciones de dar una explicación real. Tampoco como justificar su pago. Porque claro, siempre estaba la sospecha de que luego de los “Sobresueldos” cualquier contrato a honorario de alguien que viniera de la capital regional pagaba la deuda externa de un país mediano.
Y cuando alguien preguntaba por los sueldos de sus asesores, Alarmisto respondía que eran “remuneraciones estratégicas para enfrentar escenarios complejos”. Y vaya que enfrentaban escenarios complejos. Sobre todo el escenario de la cafetería municipal, donde se reunían a diseñar planes para comunicar el corte de agua de una cuadra como si fuera el colapso de la civilización occidental.
—Hay que dar certezas— decía uno.
—Hay que instalar tranquilidad— decía otro, mientras temblaba al describir la “situación crítica”.
— Hay que proteger la imagen turística— agregaba un tercero, el que en el acto fue lanzado a la calle por incompetente.
¿Y el concejo? Bueno, el concejo se transformó también en una sala de emergencia, pero emocional. Había denuncias, reclamos, recursos, acusaciones de malos tratos, protocolos, sesiones tensas y miradas capaces de cortar un choripán a distancia. Cada semana alguien pedía respeto; cada semana alguien respondía con un documento de diecisiete páginas y copia a cuarenta y tres personas.
Pero don Alarmisto tenía una prioridad: que no cundiera el pánico. El municipio publicó otro comunicado de siete párrafos, cuatro advertencias, tres mayúsculas, dos signos de exclamación y una frase final que decía: “La situación se encuentra en permanente monitoreo por parte de todas las instituciones competentes, semicompetentes y emocionalmente disponibles y sobrias”.
Los turistas, naturalmente, hicieron lo que cualquier visitante sensato haría: buscaron en internet “Pucón” y las primeras 100 opciones hablaban de algún “desastre” ya sea natural, político o administrativo. Obviamente reservaron en otra parte.
Así fue como don Alarmisto logró lo que ningún plan regulador, volcán ni temporada baja había conseguido: transformar un destino turístico en un simulacro permanente. Desde entonces, a la entrada del pueblo instalaron un cartel:
“Bienvenidos a Pucón… favor disfrutar con precaución y si sobrevive no vuelva”.

*Richard “Villarrica” Lake es un jubilado puconino con demasiado tiempo libre y, según él, “experto en todo”. Asegura que es “nacido y criado” en la zona, pero no estamos en condición de validar eso. Amenaza con recorrer cada rincón de la comuna buscando temas para escribir; pero tampoco podemos asegurar que eso sea verdad.
(Hazte miembro de nuestro canal de Whatsapp y recibe las noticias primero)



