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Opinión

Pucón y la política de las casitas para perros

Publicado

en

*Por Esteban Hernández

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Hay imágenes que terminan convirtiéndose en símbolos. En Pucón, una de ellas parece ser cada vez más frecuente: pequeñas casitas para perros instaladas en espacios públicos, especialmente en sectores céntricos.

La discusión no es si alguien puede sentir cariño por los animales. Por supuesto que sí, tengo más animales que hijos en casa. La discusión es otra: ¿hasta dónde puede llegar una política pública destinada a los animales cuando sus consecuencias terminan afectando a todos los que vivimos, trabajamos o visitamos la ciudad? Porque una cosa es preocuparse por los animales abandonados y otra muy distinta es convertir el espacio público en un lugar de permanencia de perros vagos.

El problema es evidente para cualquiera que recorra determinados sectores de Pucón: perros circulando libremente, animales que permanecen durante horas en las calles, orina, fecas, suciedad y una sensación de abandono que resulta especialmente contradictoria con la imagen de una ciudad turística que pretende proyectarse como destino de naturaleza, orden y calidad. Eso sin contar la destrucción de neumáticos que varios vecinos han denunciado públicamente.

Y aquí aparece una pregunta fundamental: ¿qué estamos promoviendo como política pública? Y no se trata de ser “antiperros”. Se trata de entender que los animales tienen un estatuto distinto al de las personas y que la responsabilidad sobre ellos no puede trasladarse indefinidamente al conjunto de la sociedad.

Si una persona considera que un perro merece algo más que el trato que normalmente corresponde a un animal doméstico, está perfectamente en su derecho. Puede adoptarlo, alimentarlo, llevarlo al veterinario, pagar su esterilización, dormir con él, proporcionarle una casa y hacerse responsable de él.

Lo que no parece razonable es que esa decisión personal termine transformándose en una obligación colectiva impuesta. Porque cuando alguien decide hacerse cargo de un animal, también debería asumir los costos y responsabilidades que esa decisión implica.

El amor por los animales es absolutamente legítimo. Lo que debemos discutir es hasta dónde ese amor puede imponerse como una obligación al resto de la sociedad o en perjuicio de esta. El espacio público, además, pertenece a todos.

Una plaza no es un refugio privado. Una vereda no es un canil. Una calle no es un lugar destinado a que los animales establezcan territorios permanentes. Y esto adquiere todavía mayor importancia en una ciudad turística como Pucón. Nuestra imagen urbana importa.

Quien llega a Pucón no solamente ve el lago, los volcanes, los bosques y los restaurantes. También ve nuestras calles, nuestras veredas, nuestras plazas y nuestros espacios públicos. Una ciudad llena de perros callejeros, con fecas en las veredas, olores a orina y animales instalados permanentemente en determinados sectores no proyecta precisamente la imagen de una ciudad turística ordenada y de calidad.

Y aquí hay una contradicción que merece ser discutida: mientras Pucón intenta posicionarse como un destino turístico de primer nivel, ¿podemos estar tolerando políticas que contribuyen a deteriorar precisamente aquello que queremos vender? La solución tampoco puede ser simplemente retirar las casitas y mirar para otro lado.

Una política seria debería abordar el problema de fondo: esterilización, identificación, adopción, control de animales abandonados, fiscalización de la tenencia irresponsable y responsabilidad efectiva de sus propietarios. Y, por cierto, activar el tan postergado canil municipal. Pero debe existir una diferencia clara entre proteger animales y transformar nuestras calles en refugios permanentes.

Pucón puede y debe tener una política responsable respecto de los animales. Pero esa política debe respetar también a las personas que pagan impuestos, a los comerciantes, a los vecinos, a los niños que caminan por las calles, a los adultos mayores y a los miles de turistas que llegan cada temporada.

El espacio público no pertenece solo a los animalistas. Pertenece a todos. Cuidar a los animales es una virtud. Pero cuidar una ciudad también lo es. Y en Pucón necesitamos una política que sea capaz de hacer ambas cosas, sin que el costo de una decisión particular termine siendo impuesto silenciosamente a toda la comunidad sobre todo en una ciudad turística donde la imagen que proyectamos lo es todo.

*Esteban Hernández es periodista y mprendedor tecnológico.

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