Opinión
El poder del alcalde es de préstamo, no de propiedad
*Por Enrique Astudillo Gaete
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Según el pensamiento de Confucio, el poder político de cualquier gobernante encargado de administrar una comunidad o un país debe fundamentarse en la virtud y el ejemplo personal, no en la coerción o la fuerza. Confucio sostenía que un líder debe gobernarse a sí mismo antes de gobernar a los demás. El poder será efectivo si el gobernante cultiva la benevolencia, la rectitud y la honestidad.
Debemos tener muy claro que un alcalde “no tiene” poder; sino que “administra el poder” que le prestaron los vecinos por un determinado período. El poder, mal entendido, puede llevar al alcalde a intentar solucionarlo todo de forma reactiva, en lugar de fortalecer el trabajo mancomunado con la comunidad mediante una participación activa y permanente. La diferencia entre usar el poder y abusar de él está en saber escuchar, priorizar y rendir cuentas. Por lo tanto, cada decisión tendrá un impacto inmediato en la comunidad.
El poder debe utilizarse para coordinar, no para mandar. No debe haber espacio para la terquedad ni la soberbia. Los municipios no construyen grandes infraestructuras ni cambian las leyes, pero sí se sientan en la misma mesa con Vialidad, Salud, Carabineros, las juntas de vecinos y otros actores relevantes. De este modo, el mejor gobernante es aquel que logra que los demás aporten desde sus propias competencias. El poder debe estar orientado a poner el foco en lo verdaderamente importante, y no a intentar hacerlo todo. Debe abrir puertas, no cerrarlas. El poder bien utilizado invita a más personas a participar y decidir; trabaja con la comunidad, no de manera paralela a ella.
Todos estamos, de una u otra forma, expuestos a las tentaciones. Los alcaldes no son la excepción y pueden caer en el personalismo, el cortoplacismo o el clientelismo. Un alcalde utiliza bien el poder cuando deja una institucionalidad comunal mejor que la que recibió. Si, al término de su administración, el único legado es la foto del alcalde, entonces ese poder se desperdició.
El poder municipal no debe medirse por la cantidad de obras inauguradas, sino por los problemas que no explotarán cuando el alcalde ya no esté. El poder, mal entendido, consiste en creer que la voluntad del alcalde puede pasar por encima de la normativa técnica o del presupuesto aprobado. Cuando la autoridad confunde el liderazgo con la discrecionalidad, genera expectativas que la estructura administrativa no puede cumplir. Si, además, cree que el poder reside únicamente en el edificio municipal y no, por ejemplo, en las juntas de vecinos o en los barrios, se produce un aislamiento del territorio.
Por ello, no está de más recordar la célebre frase del prócer uruguayo José Gervasio Artigas: “Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana”.

*Enrique Astudillo Gaete contador auditor y gestor y elaborador de programas de participación y desarrollo comunitario.
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