Chao, chao amigo “Condorito”

* Por Rodrigo Navarro

El popular “Condorito” junto a Rodrigo Navarro, quien sostiene a Martín, hijo de Rodrigo.

Entre “angustia” y “perplejidad”. Tal vez la frase más recurrente de los Puconinos durante estos últimos días ha sido “murió Condorito”. Y ya sea en forma oral o  escrita, posiblemente una gran mayoría lo ha dejado sentir (pese a que por el estado del cuerpo, la identificación ha sido compleja). Y se ha dado paso a personas que lo reviven a través de fotografías y videos exhibidos en Facebook, que detallan con cierta exactitud la forma de vida de este hombre que con sus limitaciones neurológicas se las arregló para estar en el colectivo de toda una ciudadanía

Las redes sociales, cual reguero de pólvora, se encargaron de informar  al mundo que en el segundo piso de una casa ubicada en la esquina de Variante Internacional con Miguel Ansorena, habían encontrado el cuerpo sin vida y en descomposición de un individuo que tenía las características de “Condorito” y pocos dudaron en asociarlo al personaje que con un grado de demencia deambulaba en forma cotidiana por diferentes arterias de Pucón. Eso, ya que  justamente durante el último tiempo no se le había visto, lo que generó la preocupación y extrañeza de la sociedad local. Y lo buscaron vecinos, seguridad ciudadana y carabineros. Con éxito. Bueno, al final es un éxito entre grandes comillas. Encontrar a alguien fallecido quizás nunca sea un “éxito”.

Mientras escribo estas líneas me imagino el  cúmulo de secuencias que tienen en sus mentes muchos de los que están leyendo esto. Al recordar momentos en que vieron distintos actos realizados por  este personaje, quien, en más de una oportunidad profirió garabatos de grueso calibre a distintas damas que fortuitamente se encontraban a boca de jarro  con él en alguna vereda. O lo vieron feliz creyendo que era un astro y haciendo la mímica de que cantaba con un micrófono ficticio en su mano derecha y a su vez levantaba el dedo índice de la mano izquierda, mientras el resto de su cuerpo bailaba al ritmo de la música que tocaban los artistas callejeros. En tanto, muchos de los que veían esto, lo azuzaban para que continuara, en su desenfreno musical, que a esas alturas se convertía en una anécdota  que posteriormente causaba risas.

Lo cierto es que este personaje nació en Pucón el año 1945. Fue bautizado por el mítico sacerdote capuchino Francisco Valdés Subercaseaux. Vivió parte de su vida en calle Arauco (frente al templo evangélico iglesia Alianza Cristiana y Misionera), y era uno de los nueve hijos del matrimonio conformado por don Carlos Águila Lavados e Inés Bascur Gacitua.

Debido a lo complejo que resultaba económicamente ser integrante de una familia numerosa, en 1957, siendo aún un niño de 12 años (sí, a esa edad todavía se es niño), comenzó a trabajar como ayudante de cocina en el Gran Hotel Pucón. Y luego de dos temporadas veraniegas, salió de su querido Pucón (siempre reconoció al pueblo como uno de sus amores) a desarrollar la misma labor en el hotel El Pacífico de Algarrobo. Ahí, con mucho éxito, aprendió los secretos de la gastronomía internacional.

Luego de varias décadas, la cadena hotelera para la cual trabajaba le impidió continuar su labor culinaria ya que presentó  una crisis de salud. El mito popular, junto a otras tantas versiones narradas por las generaciones más antiguas, cuentan que debido a su menudo porte además fue jockey de caballos en Viña del Mar y tras la rodada sufrida durante una carrera se golpeó la cabeza, por lo que le quedaron secuelas de las cuales nunca pudo recuperarse. Verdad o no, la certeza de la historia “Condorito” se la lleva a la tumba aunque, quizás, ya se había perdido en el divagar de su cerebro golpeado por el alcohol.

Hoy tras su partida, recuerdo claramente el momento que se me acercó a hablar y me conversó distintos temas en forma coherente.  Andaba limpio, bien vestido, de corbata y con botas estilo militar perfectamente lustradas. Luego me mencionó que los marinos le habían regalado dos pares de ese tipo de calzado a modo de retribución pues había ido a cocinar un pullmay a la Capitanía de Puerto. Lo miré con cierto grado de incredulidad y posteriormente me pude percatar que este personaje era toda una caja de sorpresas cuando se encontraba con algo de coherencia.

Francisco ya no está físicamente y las calles se ven raras sin su presencia. Es ahí cuando me doy cuenta que  fue alguien que causó pertenencia en Pucón. Aunque para los foráneos no era más que el “loco del pueblo”, que solía verse haciendo sonar  una armónica y se descompensaba e irritaba fácilmente cuando algún mal intencionado que sabía de su debilidad le gritaba “¡comunista!”.

Caminaba mucho y en las conversaciones que tuvimos recordaba con cierta nostalgia que todos sus hermanos trabajaron en la hotelería y con un grado de admiración mencionaba a Luis, a quien admiraba.

Otra cosa que me mencionó es que a los 66 años le detectaron un parkinson que le hacía temblar sus manos, por lo tanto, últimamente no podía afeitarse como  él quisiera.

A los 73 años y en un incierto día de marzo o de febrero (la autopsia lo dirá) Manuel Francisco Águila o “Condorito”, como todos le decían por lo pintoresco de sus movimientos, falleció y a pesar que fue detestado por algunas y querido por otros, de alguna u otra forma, marcó un espacio dentro del corazón de los puconinos. Y también en el mío.  

* Rodrigo Navarro (“Palomo”) es comunicador social y colaborador permanente de La Voz de Pucón.

 

Nota de la redacción: Si quieres ver la histórica entrevista que Rodrigo Navarro le hizo a Francisco Águila, “Condorito”, haz click aquí.