Vacúnate, no seas idiota

*Por Rodrigo Vergara V.

Déjenme contarles una buena historia. Tengo un tío (no es familia directa, pero era un íntimo amigo de mi padre que ya no está) que tiene 97 años. De hecho, es la persona más vieja que conozco. No tan joven, este tío decidió emigrar para darle una mejor vida a su familia y, por lo que se ve, lo logró. Pero nunca olvidó su tierra y cada verano desde los años 80 se viene a pasar la temporada de calor a Caburgua y se iba cuando el otoño y sus fríos anunciaban su llegada. Y no es que el hombre haya sido multimillonario, sino que solo dedicaba gran parte de su tiempo a trabajar y el “país de las oportunidades” en el norte del continente lo premió por eso y lo trató bien.

Ahora, ese tío, ya en el ocaso del ocaso de su vida, no entiende mucho de pandemias, uso de mascarilla, distanciamiento social, encierros obligados y todas esas cosas que desde hace más de un año irrumpieron en nuestras vidas y la pusieron “patas para arriba”. Pero algunos cercanos a este hombre lo convencieron, a duras penas y casi bajo amenaza, que se vacunara y el tío, a regañadientes, accedió en febrero y ya a principios de marzo tenía sus dos dosis. Obviamente, no estaba muy convencido de lo que había hecho.

El punto es que hace unas semanas este tío del corazón fue invitado a disfrutar de un almuerzo donde unos familiares (sí, rompió la cuarentena, aunque tengo mis dudas que se haya enterado de la medida). Y, adivinen lo que pasó. Uno de los comensales era portador del virus (sin saberlo, obviamente) y el tío adulto mayor se contagió del Sars-Cov 2. 

Al principio el hombre se sintió mal, decaído y con tos. Un test rápido arrojó negativo, pero para seguridad su familia cuidadora decidió hacerle un PCR con resultado positivo. Pero, ¿qué le pasó al tío? Este caballero, ya con varios achaques (algunos graves) por la edad, lo pasó como un resfrío pesado. La tos y el decaimiento fueron los síntomas que lo golpearon unos días. Y si bien varios de su entorno pensaron lo peor, al momento de redactarse esta columna el paciente dejaba su condición de cuarentena  y ya podía disfrutar de salir al exterior y abandonar el encierro. Es decir, ya estaba de alta médica.

Pero no es lo único. Uno de sus cuidadores y ayudadores compartió con él varios días mientras el virus ya convivía con el viejo. Incluso, tomaron mate juntos. El matrimonio donde se hospedaba estos días fríos no podría catalogarse como “joven” propiamente tal. Y uno de ellos, presenta condiciones de base complejas. Eso sí, todos ellos estaban ya vacunados con sus dos dosis. ¿Adivinen qué les pasó? Nada. Los días pasaron y los síntomas nunca aparecieron e, incluso, varios PCRs ya arrojaron negativo. Con todo, igual hacen cuarentena preventiva.

Cuál es el punto de este relato. La vacuna pareciera ser que sí funciona. Entonces, testimonios como éste; además de los estudios clínicos realizados por prestigiosas instituciones mundiales; y sumado al trabajo de campo hecho por la Universidad de Chile muestran que la medicina (particularmente la del laboratorio Sinovac aplicada en la mayoría de los nacionales) sí es segura y… efectiva. 

Ahora, la duda es por qué algunos aún insisten en “esperar” o presentan desconfianzas alimentadas por las redes sociales expertas en replicar fakes news e información falsa. A estas alturas, inocularse más allá de una decisión personal es una causa colectiva. Es decir, todos tenemos (hasta ahora y gracias a Dios) la libertad de decidir sobre lo que creemos bueno y malo. El problema es que algunas de esas decisiones, como la vacuna, generan —necesariamente— un efecto sobre el resto de la comunidad. Y eso no puede perderse de vista. En la Grecia antigua la palabra “idiota” era usada para referirse a aquellos que no se preocupaban de lo público. O sea, quienes anteponían sus intereses personales por sobre lo colectivo. Bajo esa premisa e interpretación podemos decir que no vacunarse es una decisión “idiota”. No es una ofensa, es una realidad. 

Y el llamado es ahora a los más jóvenes. Y tal como lo dijo el jefe del programa de vacunación del departamento de Salud, Nicolás Esparza, en una entrevista  en La Voz… hace unos días: “los jóvenes no son invencibles”. Y sus palabras, lamentablemente, fueron refrendadas con la muerte del campeón nacional de ciclismo de 30 años, Cristopher Mansilla. El virus no perdonó que haya sido un atleta de alta competición y preparado para el rigor físico. No, eso al covid no le importó. Por lo mismo, vacúnate, no seas idiota.

* Rodrigo Vergara V. es periodista y editor de La Voz…