Los derechos infinitos

El lunes pasado se conmemoraron  70 años de la declaración universal de los derechos humanos. Hace 70 años, en París,  las Naciones Unidas definieron un consenso mínimo respecto a lo que se definía como derechos básicos e inalienables. En más de 30 artículos los representantes aprobaron la declaración estableciendo una normativa básica sobre los cuales todos los estados miembros debían construir sus estructura jurídicas y de derechos.

Con esta conmemoración histórica, que marcó un antes y un después en la definición humana comenzó también un nuevo tiempo para nuestra sociedad. Sin embargo algo no se entendió bien, o algo derechamente fue desvirtuado al punto de torcer el sentido original de los redactores. Nos referimos principalmente a este tsunami de derechos humanos sustentados en el mero ejercicio ideológico de sectores transversales de nuestro espectro político. Los derechos se multiplican a la misma velocidad que los sujetos de los mismos, sin embargo hemos perdido el sentido básico de la realidad y la necesidad de la definición de deberes.

Porque como que nos hemos olvidado que en el ejercicio de una vida en sociedad colectiva,  tras cada ciudadano hay obligaciones básicas y mínimas que nos mantienen funcionando. Es muy fácil reclamar el derecho a la salud, pero  escasamente oímos voces públicas o privadas llamando al deber de pagar impuestos de TODOS LOS CIUDADANOS. Discutimos sobre el derecho al transporte sin embargo poco discutimos sobre el deber de cada usuario de pagar su pasaje y de cuidar el vehículo que lo mueve.

En Fin, los ejemplos son infinitos. Creo que nuestro punto queda instalado. En el fondo, el problema es que la mirada progresista o socialista de la sociedad existe sólo para pedir, pero cuando se trata de aportar para que nuestra comunidad tenga los medios para poder responder a las exigencias de los grupos que lo requieren el compromiso decae y las pasiones son absorbidas por la realidad.

La realidad nos dice que mientras unos comen otros siembran y que si sólo comemos, el otro año no hay provisión. A veces las voces más ruidosas quieren eso. Un retroceso infinito hacia las libertades individuales y un estado centralista y controlador de todo. Claramente no podemos estar más en desacuerdo de esta configuración de sociedad. No por una cuestión ideológica, partidista o política ni mucho menos, por el contundente hecho histórico irrefutable que NUNCA un un estado socialista ha podido traer bienestar a sus ciudadanos.

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