No caigamos en la trampa

* Por Sandra Frígoli

Estamos en tiempo de mucha división. El país está polarizado y es lo que se lee y se percibe en el ambiente. Personas a favor y en contra de una u otra cosa. Otros usan palabras y conceptos que, sinceramente, no creo que siempre entiendan. Están los pacifistas y los violentos. Y aquellos que apoyan esto y lo otro. Y entre tanto caos, tanta turbulencia,  entre tantos derechos y violaciones de derechos, en medio de tanto ruido, tantas redes sociales, tanta incertidumbre tanto querer ser escuchados que pareciera el concurso de quien grita más fuerte, se nos ha estado olvidando lo más básico y relevante: las personas.

Las personas por esencia son diferentes. Tienen gustos, pensamientos, teorías, vivencias, creencias y tantas cosas más que nos distinguen el uno del otro, sin considerar apariencias. Pero ¿desde cuándo el hecho de ser distintos le da un valor diferente a una persona sobre otra?

Hemos caído en la trampa de darle valor al ser humano según su nivel socioeconómico, su nivel de educación, qué trabajo realiza, dónde vive, si es hombre o mujer, etc.  Esa trampa viene desde hace años. Pero esta nueva trampa que se ha instalado con poder es aún más peligrosa: yo soy más valioso/a por lo que yo sé  que es verdad. E inmediatamente tengo el “derecho” de mirar en menos y tratar como inferior a cualquiera que opine distinto. 

Esa trampa, junto con otras cosas, es la que ha llevado a una polarización tan extrema. Y entre medio se no olvida que somos personas. Cada uno de nosotros merece un mínimo de respeto y corresponde entregar un mínimo de respeto a cada persona.  

Detrás del letrero de “rechazo” o “apruebo”, de los partidos de izquierda o derecha, hay personas. Alguien real. Hijos, madres, padres, hermanos, primos, amigos, parejas. Sea lo que sea que crean como verdad, no puede ser motivo de que el valor de una persona sea mayor o menor. 

Así como detrás de cada cargo o rol (político, laboral, familiar, regional, etc.) también existe una persona. Aquella persona que representa una familia, alguien que tiene sueños, anhelos, éxitos y fracasos. Alguien que también desea poder expresar su opinión y ser escuchado.

No digo que no tenemos el deber de tener beneficios y consecuencias de acuerdo a las acciones y decisiones que tomamos. Para eso existen leyes, reglamentos y conductas aceptables e inaceptables. Pero, insisto, no tenemos el derecho a mirar a otra persona y pensar que el valor de esa persona es mayor o inferior al de otra persona simplemente por pensar de manera distinta.

La próxima vez que te encuentres frente a frente con alguien que piensa diferente a ti, tómate un minuto y míralo/a. Fíjate que su experiencia de vida lo ha llevado a pensar de la manera que piensa. Ponte en su lugar un momento. Trata de entender. Y allí recién contéstale.  

Todos tenemos valor.  Todos tenemos derecho a ser respetados a pesar de lo que opinamos, pensamos o creemos. Las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos. No seamos de aquellos que olvidan algo tan precioso y sagrado como el valor del otro.


* Sandra Frígoli, traductora de idiomas, mamá, cristiana y columnista de La Voz de Pucón.